Todo el cine es trascendental

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La cámara fragmenta el mundo, disgrega la vista de la imagen, la escucha del sonido, la voz del lenguaje. La discrepancia entre lo que sucede y lo que se graba, la tensión entre la existencia y la película, representan un cambio de tiempo y de espacio, de universo. Un cambio de ritmo. El mundo de lo «natural» da paso a lo «sobrenatural» por medio de una artimaña técnica.

Da igual que estemos hablando de imagen en crudo, de experimentación formal o de narración, lo que se genera es siempre un mundo secundario, alternativo, que reestructura la configuración del tiempo y del espacio público y privado. Estamos ante un sistema de comunicación basado en un mecanismo visual y sonoro, emocional, que nos lleva de una oscuridad a otra, o de una luz a otra, o de la luz a la oscuridad, o de la oscuridad a la luz.

La cámara transforma los «hechos reales» en «hechos fílmicos», como si se tratase de una transustanciación mística que desvela un proceso íntimo inconsciente. Los movimientos internos de la película afectan a la psicología y a la fisiología del espectador, creando un puente entre lo material y lo sensible.

Lo proyectado mantiene la apariencia física del mundo sin conservar nada del mundo en sí, inyectando en nuestra memoria recuerdos transferidos desde mentes ajenas. Un cortocircuito en la percepción. La experiencia cinematográfica no nos dice nada sobre el supuesto mundo de los objetos, ni sobre el de los sujetos, solo sobre lo que hay dentro de nosotros mismos.

La impresión que tenemos es que todo parece «natural», pero se trata de una perspectiva alterada que tiene el poder de transformarnos. Todo el cine es trascendental, o tiene el potencial de serlo.

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