Games (1968)

Games

Games (La muerte llama a la puerta, 1967) es una de esas películas que no conoce casi nadie pero que están presentes en decenas de películas posteriores. La historia, sobre una pareja joven que vive en Nueva York rodeada de dinero, arte contemporáneo y excentricidades varias, salta del thriller psicológico al terror con una fluidez pasmosa, pasando por varias fases que van desde el suspense hitchkoniano al horror paranormal.

Jennifer (Katharine Ross) es una joven neoyorquina con mucho dinero casada con Paul (James Caan), quien se dedica a gastar toda la fortuna de su mujer en obras de arte sesenteras y juegos de feria. Viven en una casa a medio camino entre un museo y un salón recreativo en la que hacen continuamente fiestas en las que tienden a embarcarse en juegos psicológicos excéntricos. Una mañana, una desconocida misteriosa llamada Lisa (Simone Signoret) aparece por su puerta y termina quedándose unos días en la casa, llevando los juegos psicológicos entre la pareja a otro nivel que genera una situación límite.

De entrada, parece que el argumento va a centrarse en la llamada «invasión doméstica» —en la línea de filmes como Pacific Heights (De repente, un extraño, 1990) o Funny Games (1997)— aunque con un toque ligeramente atípico porque aquí el extraño no es ni un hombre ni una panda de jovencitos ni una veinteañera seductora que amenace la estabilidad de la pareja, como suele ser el caso en este tipo de historias. El extraño es una mujer de unos 50 años con cierto gusto por lo paranormal y macabro.

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Tras unos primeros minutos en el terreno de la invasión doméstica, la historia da un giro inesperado hacia un suspense mucho más hitchkoniano, pero lo realmente curioso es que hay todavía un tercer giro directamente hacia el terror, lo fantasmal y la casa encantada, consiguiendo algunas secuencias realmente espeluznantes que remiten más a The Haunting (La casa encantada, 1963) que a cualquier película de misterio.

Se trata de una historia repleta de giros y falsas expectativas manejados de manera inteligente. Lo malo es que hacia la mitad eres consciente de que lo que está pasando en realidad es una cosa muy distinta a lo que se está planteando, un problema que viene más de la mirada del espectador del siglo XXI que del guión en sí —estoy segura de que los espectadores de los años 60 no esperaban los giros finales.

Aunque se trata de un filme irregular que quizá a estas alturas resulte demasiado previsible, llama la atención su influencia sobre todo tipo de thrillers posteriores, desde Rosemary’s Baby (La semilla del diablo, 1968) a Eyes Wide Shut (1999) o Body Heat (Fuego en el cuerpo, 1981), tanto a nivel argumental como visual.

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En lo que se refiere a lo visual, se nota que Curtis Harrington venía de la vanguardia, con mentores como Kenneth Anger y Maya Deren, conocidos tanto por su particular estética como por su gusto por el ocultismo. Otra influencia clara es Les diaboliques (Las diabólicas, 1955), no solo por la presencia de Signoret, algunos críticos ven Games como un homenaje a la película de Clouzot.

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fue la primera película que Curtis Harrington dirigió para un gran estudio, y fue un fracaso absoluto. Lo cierto es que es un director que nunca tuvo demasiado éxito —tras rodar tres o cuatro películas más durante los años setenta, terminó en la televisión dirigiendo episodios de diversas series ochenteras muy comerciales, como Dinastía y Los Ángeles de Charlie.

Mucho más interesante que su trabajo para la pequeña pantalla son sus películas de serie B, de las que quizá la más conocida es Night Tide (Marea nocturna, 1961), un filme de culto a medio camino entre el suspense psicológico y el terror que funciona al mismo tiempo como extraño poema romántico.

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