Blood for Dracula (1974)

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Blood for Dracula (Sangre para Drácula, 1974) es la segunda incursión en el cine de terror de Paul Morrissey tras Flesh for Frankenstein (Carne para Frankenstein, 1973), dos películas que entran dentro de la exploitation en el sentido más concreto de la palabra (señoras desnudas y violencia explotadas, como diría Homer Simpson, con «erótico resultado»). No obstante, se trata de dos filmes que bajo la típica primera capa de actores malos, humor sangriento y señoritas ligeras de ropa de este tipo de cine a mí me dan mucho que pensar.

Quizá que el cine de Morrissey se aleje un poco del producto de serie B clásico de su época se debe sobre todo a su relación con Andy Warhol y a su educación católica, que no es simplemente una cuestión de educación, sino de creencias. Morrissey es católico, de derechas, aborrece las drogas y, según Warhol, no tuvo jamás ningún tipo de vida sexual, cuatro detalles que te dejan rascándote la cabeza después de ver cualquiera de sus películas, porque no sabes muy bien qué interpretar.

En Blood for Dracula nos encontramos por un lado con el Conde Drácula (Udo Kier) en su imagen más clásica de aristócrata un tanto déspota, y por el otro con una familia italiana de clase alta venida a menos que pretende proporcionarle a una de sus hijas para que se case con él. La trama básica de la película es que Drácula necesita a una mujer virgen, y al parecer la Rumania de principios de los años 20 es tan amoral que no queda ni una en todo el país, así que el Conde no tiene más remedio que irse a buscarla a la católica Italia. El problema es que luego resulta que las italianas también son unas viciosas.

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Sobre el papel, la sinopsis encaja perfectamente con lo que se espera de un director católico y conservador, pero una vez llevada a la pantalla resulta todo tan ambiguo que no sabes si entenderlo como propaganda procastidad, erotismo barato o arenga comunista —aunque esto último suene un poco raro, ya lo explicaré, y de todas formas quien haya visto la película lo entenderá perfectamente.

Así que ahí tenemos a Drácula buscando sangre de vírgenes por cuestión de vida o muerte y a una familia con cuatro hijas que responden a los arquetipos femeninos más simples y retrógrados posibles: dos putas, una solterona y una adolescente casta y pura. Y en medio de todo eso, un criado que suelta clichés marxistas hasta mientras folla. Una podría pensar que Morrissey se está burlando del contenido político de la nouvelle vague y demás cine europeo de la época, pero resulta que en la película salen nada menos que Vittorio De Sica y Roman Polanski, así que no sé yo…

A todo esto, el criado, Mario, no es otro que Joe Dallesandro —el mayor objeto sexual del cine de los 70— quien además de tirarse constantemente a las dos hijas putas termina violando a la adolescente casta y pura con la loable intención de que deje de ser virgen, y por tanto posible víctima del Conde.

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Curiosamente, Mario, el único personaje que tiene algún tipo de ideología de izquierdas, es una especie de sátiro maltratador. Hay una escena tan hilarante como ridícula, y supongo que políticamente incorrecta, en la que le da un par de bofetadas a una de las hijas y la obliga, o medio obliga, a tener relaciones sexuales con él delante de un símbolo comunista, que para más inri parece pintado con sangre (con sangre de aristócrata claro, no con la sangre de los trabajadores).

Quizá esta escena tendría más sentido con una esvástica que con una hoz y un martillo, en parte porque Dallesandro, aunque su padre era de origen italiano, tiene más pinta de soldado alemán que de campesino del sur de Europa. Lo más fantástico de todo es que en medio de todo este desatino político-sexual resulta que hay un plano que es el plano más hermoso y eróticamente absurdo de toda la historia del cine de explotación, además de tener un significado político que va mucho más allá de la hoz y del martillo, por el simple hecho de estar erotizando el cuerpo de un hombre, en lugar del de una mujer.

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No obstante, quizá lo más singular de Blood for Dracula es que es una película conscientemente erótica en la que el erotismo no viene en absoluto del vampiro. Drácula es una reliquia destinada a ser fagocitada por la modernidad. Al final, Mario, que es precisamente de quien viene todo el erotismo, termina matando al Conde, lo que podría entenderse como un alegato de izquierda —el siervo que se revela contra el noble— si no fuera porque Morrissey retrata a Drácula como un personaje mucho más sensible, honesto y virtuoso que el criado comunista.

A la hora de la verdad, lo que está diciendo Morrissey es que el poder de la antigua y elegante elite europea ha sido derrotado por la vulgaridad y la autocomplacencia del populacho, pero lo dice de una manera tan camp que lo mismo entiendes todo lo contrario. Al fin y al cabo, quién va a querer irse a un castillo en el medio de la nada con un aristócrata lánguido cuando tienes en casa a un comunista tan guapo que es indecente.

Las películas de Morrissey parecen siempre perdidas en esa dicotomía entre lo que estaba intentando decir y lo que ha terminado diciendo. Es imposible ver sus películas sin preguntarte si es consciente o no de la incongruencia perpetua entre lo que piensa y lo que transmite. Quizá lo es, no olvidemos que estamos hablando de alguien que dijo que el rock & roll es una mierda para drogatas y que si descubrió y fue manager de The Velvet Underground —a quienes describe como unos estúpidos que hacían una música insoportable— fue solo por dinero.

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